En una sociedad de hombres, tal y como está constituida la sociedad occidental, “las mujeres solamente podemos ayudar a defender la cultura y la libertad intelectual”, sostenía la escritora británica Virginia Woolf en Tres guineas, su ensayo de 1938.

Entre tanto, al otro lado del océano Atlántico, Raquel Forner compartía esa certeza. “Necesito que mi pintura sea un eco dramático del momento que vivo”, declaraba ese mismo año, después de haber presentado Mujeres del mundo, una monumental obra en la que yace la misma pregunta que alimentó el ensayo de Woolf: ¿es posible evitar la guerra?

La Guerra Civil Española, hecho que indudablemente marcó un antes y un después en la historia contemporánea internacional, representa uno de los procesos clave del período entre las dos guerras mundiales y anuncia el desmoronamiento de la razón occidental que se produciría a lo largo de la Segunda Guerra. Estas experiencias límite ponen en cuestión cualquier certeza y son el detonante de un nuevo programa estético para muchos artistas, entre ellos Raquel Forner.

La etapa heroica de la modernidad y su proyecto de progresos indefinidos había llegado a su fin. Se avecinaban tiempos de melancolía, de presagios agoreros y de una sensación de profundo desconcierto frente al devenir cotidiano. Con estos ojos unas veces perplejos, otras desesperanzados y luchadores a la vez, mujeres como Virgina Woolf, Raquel Forner, María Izquierdo (mexicana) o Maruja Mallo (española), entre otros artistas e intelectuales de la escena internacional o sencillamente ciudadanos, contemplaban la realidad y ensayaban distinto tipo de intervenciones.

Inserta en esta trama, Forner se identificó con las luchas que encarnó la internacional antifascista y dio un nuevo rumbo a su obra construyendo una iconografía poderosamente expresiva. Instaló su práctica persiguiendo un modo de representación singular en la tensión entre los realismos y lo surreal.

Si coincidimos con John Berger en afirmar que “la vista es la que establece nuestro lugar en el mundo circundante”, podemos decir que trabajos como los de Forner nos dan acceso a algunas dimensiones de lo real a las que de otra forma no tendríamos llegada. Ella buscó la manera de representar algunos aspectos de la experiencia vital en aquel tiempo de guerra. Ahora bien, cabe preguntarse cómo construyó la noción de realidad en su trabajo. Posiblemente la respuesta esté en el modo en que se sirvió de los recursos estéticos contemporáneos. A partir de una figuración naturalista, asumió formas de un realismo expresionista, situándolo en una atmósfera entre metafísica y surreal. Se hizo preguntas. Tomó posición dentro de la batalla por el sentido. Buscó avanzar hacia el abismo procurando encontrar alguna salida o, al menos, instalando una mirada crítica vigilante.

El sentido dramático tiñó su producción a partir de 1937 –cuando comenzó su serie de España–, y en 1939 con la serie El drama, a la que pertenece Tinieblas, que tendría continuidad hasta 1946. Ambas están atravesadas por lo patético, instalado en un paisaje trágico y violento habitado por personajes desgarrados.

En las piezas de Forner de estas series, el color –a excepción del rojo– cede lugar a los contrastes de valores, lo que contribuye a configurar la intensidad dramática de la obra, que reside, además, en la complejidad de esos paisajes y aquellas figuras de formas quebradas y texturas rugosas.

Dentro de estas búsquedas, Tinieblas se presenta como un ensayo visual en donde la artista retomó la construcción de confusos paisajes ensombrecidos con la densidad atmosférica posterior a una explosión, en los que la tierra, los árboles, los vestigios de arquitectura y de seres humanos, así como las cuatro mujeres que protagonizan la escena, son los que dan paso a este panorama del horror: una síntesis densa entre los paisajes exteriores de la devastación y los interiores de la desolación, la desesperanza y el desconcierto frente a un mundo enajenado. La mujer, en esta como en la mayor parte de sus obras, es la protagonista excluyente: ella es quien se mantiene en pie, quien recoge los restos, se lamenta y, al mismo tiempo, resiste, es la única capaz de ver hacia adelante, de señalar un futuro en medio de la oscuridad y la devastación. Es el dolor de aquella guerra, pero a la vez el de todas. Las cuatro mujeres caminan descalzas entre ruinas imprecisas, vestidas de manera intemporal, en busca de un futuro que sea capaz de ofrecer una respuesta al porqué y el para qué de las guerras.

En Tinieblas, Forner retoma y pone en foco la escena que da marco a la figura que domina la composición de Éxodo, una obra que realizó en 1940 (que integra la colección de la Fundación Forner-Bigatti) y que forma parte de la misma serie, en la que hace un uso expresivo de la distorsión de tamaños, entre una enorme figura en el primer plano, que concentra la tensión dramática de la escena, y un fondo de ruinas en donde un grupo de mujeres –casi abocetadas–, en una escala menor, complementa la narración.

Melancolía por lo perdido, perplejidad ante la contemporaneidad, presagios de un futuro dudoso se condensan en esta obra de 1943 y, con ella, los aspectos que definen la serie de la que forma parte.

Texto de Diana Weschler

Tinieblas, 1943

Ficha técnica

Titulo: Tinieblas
Año: 1943
Técnica: Óleo sobre tela
86 × 116 cm
Nro. de inventario: 2017.06
Donación: Adquisición gracias al aporte del Comité de Adquisiciones de MALBA, Buenos Aires, 2016

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