Nacido en 1932 en Medellín, Fernando Botero es el artista colombiano más famoso de todos los tiempos. Destacado por un estilo personal que, después de un extenso período de experimentación en torno al volumen, lo llevó a concluir en el lenguaje pictórico por el cual se lo conoce en la actualidad, Botero es el artista vivo con mayor número de exposiciones individuales en el ámbito internacional, y uno de los más fáciles de reconocer a partir de su obra en cualquier lugar del mundo. Desde su rápida consagración como joven creador a finales de los años 50, se ausentó de Colombia y ha trabajado y residido en ciudades como Nueva York, París, Pietrasanta y Mónaco. Sin embargo, siempre ha conservado una estrecha y nostálgica relación con su país que puede entreverse en la mayor parte de sus obras.

Sus abultadas formas han sido descritas por el mismo artista como una búsqueda de la sensualidad de la forma, la cual se ha caracterizado por la desmesurada monumentalidad de un mundo propio. Para algunos historiadores, la violenta transgresión de la anatomía con la que Botero experimentó en este proceso era consecuente con la búsqueda de otros artistas latinoamericanos contemporáneos suyos como Jacobo Borges en Venezuela, José Luis Cuevas en México y Luis Felipe Noé en la Argentina. Estos y otros artistas de la misma generación, con inclinaciones afines en los aspectos formales de su violenta figuración, y algunos más interesados en distorsionar a partir del expresionismo aspectos relativos a la psiquis del hombre actual, fueron señalados como pertenecientes a una “Nueva figuración” latinoamericana.1

Desde su primera gran obra maestra, La Camera degli sposi (Homenaje a Mantegna), de 1958, ganadora del Salón Nacional de Artistas Colombianos, Botero encontró en los grupos familiares un tema para poder desarrollar en su pintura la interacción de sus personajes en grandes formatos, donde la monumentalidad de éstos se exacerbara. Desde entonces el tema de la familia reaparece en forma constante en su producción, reinterpretándola a partir de la historia del arte y sus influencias más marcadas (Velázquez, para el caso de esta obra) o recreando escenas cotidianas, algunas veces con reminiscencias de su vida temprana en Colombia.

La fuerte estridencia tonal de la pintura de Botero se fue diluyendo a mediados de los años 60, dando paso a una armonía más clásica en los colores, y la influencia del arte pop contribuyó a distanciarlo radicalmente de la pincelada expresionista, por lo cual esta tela pertenece al posterior lenguaje pictórico del artista, ya definido y concluido el período de investigación mientras vivía en Nueva York.2

Retomado el conjunto familiar en El viudo, la disposición de los personajes en el espacio y la presencia del perro en la parte inferior derecha son prueba de que el cuadro está basado en Las meninas, de Diego Velázquez (1656), obra también de conjunto que aparece en numerosas ocasiones reinterpretada por Botero. Asimismo, pueden encontrarse reminiscencias de las numerosas sagradas familias pintadas por Peter Paul Rubens, y muy especialmente del retrato de Deborah Kip (1629-1630), donde la presencia del niño en el regazo de la madre ha sido reinterpretada con un padre consagrado, que, como en el óleo de Rubens, está acompañado por el resto de sus vástagos. Como elemento común en las obras de este período, el pintor introduce algunos objetos en el suelo de la composición, entre ellos cigarrillos, frutas y un balón, que pretenden equilibrar el espacio y no dejar grandes áreas de color planas o descubiertas.3

La producción de Botero ha sido ampliamente mirada a la luz de sus contemporáneos literatos del boom latinoamericano encabezado por Gabriel García Márquez, con quienes comparte la ironía frente a la idiosincrasia de los países latinoamericanos, la violencia como elemento de la cotidianidad y la religión como arraigo de una sociedad mojigata y machista. En El viudo la violencia parece implícita en el tema de la temprana ausencia de la madre-esposa, a la que se le ha consagrado un altar con su juvenil imagen, una veladora y un rosario. Sin embargo, lejos de remitir a la desgracia o ser entristecedora –a pesar de los rostros bañados en llanto de todos los personajes de la escena, incluyendo el perro–, la pintura parece hacer risible la fría e inexperta actitud maternal de un padre en una sociedad que otorga este rol con exclusividad a la mujer. De esta forma, el amor y la muerte como temas de la narrativa latinoamericana coinciden con la tragicomedia que Botero plantea en esta imagen.

La obra marcó el inicio de una importante relación con uno de sus mecenas, el coleccionista, galerista, crítico musical y dueño de un sello discográfico Jean Aberbach. Éste adquirió el cuadro después de varias semanas de buscar infructuosamente al pintor, de quien había visto un trabajo que había llamado su atención en una muestra colectiva del Metropolitan Museum de Nueva York (La familia presidencial, 1967). Después de conseguir el contacto con Botero, Aberbach visitó su taller y compró El viudo, la primera transacción de una numerosa serie de adquisiciones al artista. La amistad que surgió entre ambos sirvió para que el pintor hiciera contactos en los círculos comerciales del arte en Nueva York y aprendiera a desenvolverse mejor en ellos. Es así como, a partir de la intermediación de Aberbach, Marlborough, una de las más prestigiosas galerías de arte neoyorquinas, se propuso negociar con Botero una exclusividad para la venta de sus obras, operación comercial con la cual éste obtuvo una considerable difusión.4

De esta manera, puede decirse que El viudo es una obra importante en el advenimiento de Botero como artista reconocido mundialmente, y de su éxito comercial al inicio de su carrera en Nueva York.

Texto de Christian Padilla

 

Notas

1. Lucie-Smith, Edward, Arte latinoamericano del siglo XX, Madrid, Destino, 1994, pp. 152-163.

2. Padilla, Christian, Fernando Botero. 1949-1963: La búsqueda del estilo, Bogotá, Editorial Bachué, 2013, p. 161.

3. Arciniegas, Germán, Fernando Botero, Madrid, Edilerner Internacional, 1979, p. 54.

4. Biszick-Lockwood, Bar, Restless Giant: The Life and Times of Jean Aberbach and Hill and Range Songs, Urbana, University of Illinois Press, 2010, p. 238.

El viudo, 1968

Ficha técnica

Titulo: El viudo
Año: 1968
Técnica: Óleo sobre tela
189 × 194.5 cm
Nro. de inventario: 2003.31
Donación: Eduardo F. Costantini, Buenos Aires

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