Toda descripción o reflexión sobre las bolsas de basura intervenidas por el Colectivo Social Civil (CSC)1 para su acción Pon la basura en la basura (2000) debe iniciarse con una doble advertencia sobre el carácter deliberadamente incierto de su estatuto artístico.

Para empezar, su presencia objetual no puede ser considerada en sí misma como una obra, sino como el instrumento operativo de una gestualidad político-cultural más amplia: el CSC se constituyó en abril de 2000 como parte de la enorme movilización ciudadana contra el fraude electoral con que el régimen de Vladimiro Montesinos y Alberto Fujimori pretendía perpetuarse en el poder. Un año después, el Colectivo se declaró en estado de latencia cuando esa transición democrática había culminado, al menos en varios aspectos esenciales. El horizonte primordial del CSC fue siempre cívico antes que artístico, aunque sus iniciativas se encontraran profundamente enraizadas en los quehaceres de lo simbólico.

Pero incluso el accionar del que Pon la basura en la basura forma parte se sitúa más allá –o más acá– de las fronteras establecidas de lo artístico. Sus propios autores han reiterado con insistencia la necesidad de distinguir la praxis del CSC de cualquier definición primordialmente estética. Su pulsión y su criterio de verdad o de eficacia se ubicaban en el ámbito de la recuperación de la conciencia cívica usurpada por la dictadura impuesta en el Perú entre 1992 y 2000. Un régimen sustentado no solo por las prácticas habituales de control y persecución, sino también por la sistemática malversación simbólica con que el poder degradó el lenguaje político, y hasta el lenguaje mismo, vaciando de sentido las palabras y las cosas. E imponiendo, al mismo tiempo, un síndrome de posguerra (civil) en el que la represión política se interiorizaba como represión psíquica. (Auto)censuras.2

Es contra ese desgaste de la acción comunicativa que el CSC se propuso catalizar la recuperación del habla y del espacio público, devolviendo la ciudad a la ciudadanía. Y restableciendo la noción de lo cívico –ciudadanía nueva, ciudadanía activa– mediante la creación no de obras, sino de situaciones participativas en ámbitos tan emblemáticos como la Plaza Mayor de Lima o las sedes representativas de los distintos poderes del Estado. Escenarios decisivos para una batalla por la democracia que el Colectivo entendió se debía encauzar hacia la lucha por el poder simbólico, antes que por el poder económico, o político, o militar. “Por el derrocamiento cultural de la dictadura” fue su primer lema distintivo.

Como después ese lema fue “Por la edificación cultural de la democracia”. Desde esta ética, las acciones del CSC se realizaban con un ánimo sobre todo constructivo, pero no menos crítico por ello: Lava la bandera, su iniciativa de mayor repercusión, se concebía y presentaba no como performance artística o como manifestación llanamente política, sino como un ritual de limpieza patria. Una liturgia, casi, de sanación personal y colectiva. Cívica.

Esos planteamientos, sin embargo, debieron radicalizarse ante las extremidades finales de un régimen que hasta el último momento pretendió perpetuarse. En particular, cuando su desmoronamiento se anunciaba inminente tras la revelación de los llamados vladivideos, que terminaron de evidenciar la trama abismal de corrupciones y falsías que sustentaban su legitimidad espuria. En ese trance supremo, el CSC invocó a la ciudadanía a poner el cuerpo, en términos tanto fácticos como simbólicos, dándole cuerpo al señalamiento contundente de las personas y entidades que se erigieron como el soporte último de la autocracia en crisis. En esas circunstancias, el Colectivo imprimió trescientas mil (300.000) características bolsas negras de basura con una frase a propósito redundante: “Pon la basura en la basura”. La efigie que acompañaba esa invocación igualaba el retrato de Fujimori con el de su asesor Montesinos, de cuya imagen caída en desgracia el presidente intentaba desvincularse para salvar su gobierno. Una operación que esta gráfica desarmaba al representar a ambos casi como siameses, “sucios socios” uniformados cual presidiarios por los mismos trajes a rayas con que la propia dictadura ridiculizaba a los acusados de actividades subversivas.

Pero tan importante como la iconografía de estas piezas era su circulación, radicalmente socializada. Decenas de miles de bolsas fueron distribuidas entre las organizaciones y los manifestantes por la democracia, quienes hicieron uso libérrimo de ellas en marchas y reclamaciones diversas, además de emplearlas para dejar frente a sus casas los desechos domésticos. El paisaje así logrado, en las madrugadas, antes del paso de los camiones sanitarios, era de una poética y una política subyugantes.

Otro lote significativo fue utilizado por el propio CSC y sus aliados en una breve pero muy contundente campaña de señalamientos impresionantes: “embasuramientos” simbólicos –las bolsas nunca se llenaron con otro elemento que no fuera el de periódicos viejos– con que se cubrían las fachadas e ingresos de los edificios donde trabajaban o moraban los funcionarios principalmente responsables del mantenimiento de la autocracia ya tambaleante. 

Sin provocar daño material o personal alguno, sin siquiera dejar marcas duraderas en el entorno, se logró así una desmoralización profunda de los últimos defensores de la dictadura. Un gesto de enormes repercusiones mediáticas que contribuyó significativamente al desbande final en las filas del régimen. El poder de lo simbólico.

Importa aquí precisar la brevedad de esa campaña última, concebida solo como el recurso postrero en una lucha que tenía que llegar a feliz término, en circunstancias en que las libertades de expresión se encontraban severamente coartadas y el Poder Judicial respondía a las directivas del Ejecutivo. Ésta es una diferencia de importancia con otras estrategias de desprestigio político implementadas en el contexto latinoamericano: apenas recuperada la democracia, el CSC desistió voluntariamente de continuar con los “embasuramientos”, devolviendo su praxis al registro edificante que ha sido una de las marcas distintivas de su accionar todo.

Texto de Gustavo Buntinx

 

Notas

1. Fundadores del CSC que permanecían en el Colectivo al momento de la realización de Pon la basura en la basura: Fernando Bryce, Gustavo Buntinx, Claudia Coca, Luis García Zapatero, Emilio Santisteban, Susana Torres Márquez, Abel Valdivia. Otros integrantes al momento de la realización de Pon la basura en la basura: Delia Ackerman, Eduardo Adrianzén, Manuel Canessa, Pedro Chuquijara, Angelo Cruzzati, Alicia Cuadros, Ana Durán, Karin Elmore, Luis Espinoza, Gabriela Flores, Juan Infante, Amada Márquez, Rocío Pérez del Solar, Vanessa Robbiano, Jorge Salazar, Mónica Sánchez, Juan Antonio Torres Márquez, Juan Carlos Torres Márquez, César Morales, Cecilia Solís.
Aunque los fundadores formaban parte de la escena artística, quienes luego se incorporaron al CSC provenían de las más diversas instancias profesionales y sociales.

2. Para una elaboración de esta y otras ideas aquí formuladas, véanse Buntinx, Gustavo, Emergencia artística. Arte crítico 1998-1999, Lima, Micromuseo (“al fondo hay sitio”), 1999, 16 pp. (catálogo de la exposición de mismo nombre curada por Gustavo Buntinx; hay una segunda edición, corregida y aumentada, de la misma fecha), y Buntinx, Gustavo, “Lava la bandera. El Colectivo Sociedad Civil y el derrocamiento cultural de la dictadura de Fujimori y Montesinos”, Quehacer, Lima, nº 158, enero-febrero de 2006, pp. 96-109.

Pon la basura en la basura, 2000

Ficha técnica

Titulo: Pon la basura en la basura
Año: 2000
Técnica: Impresión industrial sobre bolsas de residuos de polietileno. 3 conjuntos de 99 bolsas. Tiraje original: 300.000
75 × 50 cm
Nro. de inventario: 2006.25
Donación: Micromuseo (“al fondo hay sitio”), Lima, 2006

Fuera de exposición