Con estas palabras, Julio Payró buscó en 1949 introducir al público en el mundo mental de Batlle Planas:

Para comprender la pintura de Juan Batlle Planas conviene, como acto preliminar, recordar dos frases ilustres que dominan las intenciones del surrealismo: la primera, aquella por la cual Leonardo da Vinci aconsejaba a sus discípulos observar las manchas y las grietas de las paredes para incitar la imaginación creadora; la otra, aquella por la cual Lautréamont canta la emocionante sorpresa que emana del encuentro fortuito de un paraguas y de una máquina de coser sobre una mesa de disección. Esto no significa, de ninguna manera, que la obra de Batlle Planas estuviera exclusivamente librada al encantamiento del azar, pero indica la dirección de su intencionalidad formativa, matizada por otros mecanismos, por otros pensamientos fundados en sus extensos estudios, por cierto heterogéneos, diversos.1

Con gran habilidad, Payró integra las referencias que considera necesarias para pensar a Batlle Planas –Leonardo y Lautréamont– en el amplio arco espaciotemporal en el que se construye su imagen, como la de los artistas de su época: reconociendo aspectos de un pasado histórico artístico y, a la vez, situándose de manera decidida en su propio tiempo.

Las versiones selectivas que del pasado histórico-artístico hicieron los movimientos modernos de las décadas del 20 y 30 del siglo XX permiten trazar diferentes itinerarios. Si para numerosos artistas el arte nuevo se ligaba a la recuperación de una tradición figurativa que permitiera la construcción de una moderna clasicidad, para otros, la selección del pasado los conducía a mundos alternos, fantásticos, de atmósferas extrañas pobladas por seres y objetos atípicos, excepcionales. El amplio universo de lecturas transitado por Batlle Planas, como lo testimonian su biblioteca, sus escritos, sus obras, lo lleva tempranamente a desplegar enigmáticos trabajos. Entre ellos, estas dos piezas a las que titula Pintura, en donde pone de relieve ese gesto moderno, tautológico, autorreferencial que lo muestra en pleno proceso de configuración de una imagen propia.

Estas pinturas (de 1935 y 1936) pueden ser leídas en serie con los dibujos, como la Composición (grafito de 1935) de la colección de Malba, en donde se reconocen algunos signos que se hacen centrales aquí.

La grilla ortogonal que organiza los elementos en ambas obras, lejos de estabilizar el plano, lo dinamiza en razón de la combinación de tamaños y sentidos diversos de los rectángulos que, yuxtapuestos, le dan forma. En ellos, “clasifica” una serie de piezas que se reconocen como signos que remedan otros, tal vez antiguos, quizás de culturas primitivas, aunque no hay certeza de ello. Se trata de siluetas de objetos y figuras con resonancias antropo y zoomórficas descritas en tintas planas de perfiles irregulares. Ellas revelan un dibujo realizado en el encuentro entre el automatismo y la memoria de posibles imágenes preexistentes. Son una singular especie de ideogramas que reponen un universo entre arcaico e imaginario con una significación latente, críptica, que incita, cada vez que se acude a ella, a un ejercicio de desciframiento.

Son formas abstractas que se recortan de manera neta del fondo del papel en negro, sepia, azul-alilado o lila-rosado, según el rectángulo que se mire, en la de 1935; o negro o blanco, en la de 1936. En ambas, el soporte juega como color, aportando la ambigüedad entre figura y fondo en el paso de un segmento a otro de la obra para ofrecer como totalidad una trama continua, como si se tratara de un tapiz. Las formas se construyen entonces por superficies planas de témpera, o bien por su ausencia en el calado de su silueta dentro de un rectángulo definido por la materia pictórica. Este tipo de trabajo, esta compleja relación entre figura y fondo, quizás a modo de presentación visual de la copresencia de los distintos niveles de la conciencia, reaparece enriquecido en la serie de las Radiografías paranoicas que desarrolla entre 1936 y 1937.

Batlle Planas integra el Primer Salón de la AIAPE, la Asociación de Intelectuales, Artistas, Periodistas y Escritores antifascistas, que tuvo lugar entre octubre y noviembre de 1935 en el Salón Municipal de Bellas Artes, que funcionaba en el edificio del Concejo Deliberante de la ciudad; así lo informa la nota que firma Cayetano Córdova Iturburu bajo el título “Hacia la plástica revolucionaria”, publicada por la revista Unidad en su primer número, de enero de 1936. Compartió esta muestra, entre otros, con Pompeyo Audivert, Antonio Berni, Clement Moreau, Lino Enea Spilimbergo, Anatole Saderman y Abraham Vigo. Quizás la Pintura monocroma del 35 haya formado parte de esa presentación. Dadas las formas de mencionar las obras y los artistas en estas exposiciones, es difícil saber con certeza si fue esta u otra pieza del mismo tipo la que integró la exhibición; sin embargo, la presencia de Batlle Planas es congruente con su participación como “ilustrador” en algunas revistas antifascistas de esos años 30 y 40.

Texto de Diana Wechsler

 

Notas

1. Payró, Julio, Juan Batlle Planas (cat. exp.), Buenos Aires, Instituto de Arte Moderno, 1949, p. 22.

 

Pintura, 1935

Ficha técnica

Titulo: Pintura
Año: 1935
Técnica: Témpera y grafito sobre papel montado sobre cartón
31,7 x 32,5 cm
Nro. de inventario: 2001.16
Donación: Eduardo F. Costantini, Buenos Aires

Fuera de exposición

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